martes, 2 de agosto de 2011

Cómo viví los atentados de Oslo 2 (sábado 23 julio)

Me había acostado a la una y media de la mañana. Mi mujer me había dicho que había escuchado que podía haber hasta 50 muertos. Yo me enfadé. Pensé que sólo quería que me quedara en casa. "¿Pero tú que prensa lees? Eso no aparece en los periódicos ni la policía había dicho nada". Pero estaba mejor informada que yo. Me desperté a las tres de la mañana para ir a Oslo a la conexión en directo con Televisa y puse un momento la tele para ponerme al día. Ya estaba la terrible noticia. Hablaban de 86 muertos. El jefe de la Policía se disculpó hace un par de días por lanzar una cifra tan elevada, pero que el número haya sido 77 no disminuye la tragedia. Me monté en el coche antes de que la familia se despertara y no me dejaran salir. No había ni un alma. Ni en la autopista ni en Oslo. Aún así, volví a aparcar en el parking fuera del centro. Por precaución. La emisión era a las cinco y media y había que hacer pruebas antes. Quedaba poco tiempo. Llegué a Youngstorget, donde sólo estaba el pobre chaval de la tele TV2, con el que me fui acostar y el que me dio la terrible noticia al despertarme. Tener el turno de noche de un noticiero 24 horas es duro. El centro de NRK donde había hecho la emisión el día anterior estaba precintado por la policía, por peligro de caida de cristales, y me puse nervioso, no veía a nadie. Tenía al teléfono a Televisa, donde se ponían aún más nerviosos. Unos compañeros me dijeron que había una furgoneta en una calle cercana y fui para allá. Había una cámara en la calle, pero no ví a gente. Tenía al teléfono a alguien me Televisa y me preguntan "¿llevas una mochila negra?", y me acojoné. "joe, cómo sabe eso". "Acabas de pasar por delante de la cámara donde tenemos la ventanta del satélite". Así era. El técnico logró espabilarse y salir de la furgoneta con el tiempo justo para hacer las pruebas. A punto de emitir, llegó otra sorpresa. Justo detrás de mí pasaban varios autobuses y coches con el escudo real y llenos de militares. Cerca de 200 soldados armados hasta los dientes, con su chaleco antibales y el casco de "nacido para matar", ocuparon la plaza dejando una imagen insólita, no sólo en Noruega. Los militares tomarían la responsabilidad de sustituir a la Policía en la vigilancia de las calles del centro, para dejar a la policía centrarse en la investigación. Y los soldados con armas, junto a los cristales por los suelos y las fachadas dañadas, daban la impresión de una ciudad en guerra o en estado de sitio. Oslo.


Y a continuación se puede ver el resultado de la emisión en directo. No pude leer, y a mí nadie me dijo que estaban metiendo imagen al tiempo que hablaba, lo cual me hubiera dado la opción de no parecer tartaja en varias ocasiones. Pero creo que quedó bien. Es mi primera crónica y estoy orgulloso. Aunque se nota que había dormido menos de dos horas.
(En este enlace se accede a la página de Televisa, con más calidad, y debajo se ve el video en Youtube).
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Eran las seis de la mañana. Ni había dormido, ni me había dado tiempo a ducharme, ni había desayunado. Y el Seven Eleven había reventado. Me dí una vuelta por el centro y tuve que llegar a Karl Johan para poder comprar un café. De ahí de vuelta a Youngstorget, donde cayó una chupa de espanto. Periodistas, militares y policías nos cubríamos donde podíamos. Yo encontré un toldo de los del mercado, me senté debajo y pude disfrutar de mi madalena y mi capuchino.
A las ocho habían anunciado rueda de prensa del primer ministro, y a las nueve de la Policía. Fui a esta última. Aquí hubo otro agüacero de cuidado, pero los madelmans que eran los policías tenían orden extricta de no dejarnos pasar hasta que fuera la hora y allí estabamos, empapados hasta los huesos. Mientras, mi teléfono no paraba de sonar, y me faltaban manos para sujetar paraguas, teléfono y libro de notas.
Ni recuerdo el número de crónicas que envié este día ni desde dónde las hice pero fueron muchas, sobre todo para radio y TV. El único periódico que me llamó fue La Gaceta. Con el estrés, yo ni me paré a pensar que era de Intereconomía. He de reconocer que mi sueño siempre fue publicar en El País Semanal, pero pagaban bien y me habían llamado ellos. Además, yo no me meto en política y los prejuicios no son buenos. Desde ese día, la sección de internacional se ha portado magníficamente conmigo y he publicado cada día. Veremos cuanto dura. Pero sí pasó algo al publicarse mi  primera crónica en este diario. Pero eso ya será el domingo y será otro post. Por hoy ya es bastante, que llevo todo el día en la cárcel donde está encerrado el cabrón de Breivik, para hacer una nota para Televisa y La Gaceta y estoy muy cansado. Buenas noches.
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Texto original de la crónica publicada en La Gaceta el domingo 24 de julio de 2011

DOS INFIERNOS EN EL PARAÍSO
Una pequeña isla paradisiaca en medio de un fiordo noruego convertida en un baño de sangre durante hora y media. Una tranquila calle de una de las ciudades más pacíficas del mundo transformada en una zona de guerra. Estas son las dos imágenes que quedarán en la retina de todos los noruegos y posiblemente del resto del mundo para siempre. Las últimas cifras a la realización de esta crónica mantenía la cifra en un total de 92 muertos. Siete por el atentado con bomba y 85 durante el tiroteo en la isla, la mayoría de ellos menores de edad. Anoche había todavía 4 desaparecidos.
El infierno comenzó en la media tarde del viernes, cuando un coche bomba estallaba en el centro de Oslo junto a las dependencias del gobierno de Noruega. El objetivo era el primer ministro, Jens Stoltemberg, pero éste no se encontraba en su despacho en ese momento y salió ileso. La detonación fue de tal dimensión que afectó a edificios muy alejados del lugar en que se colocó la bomba. En medio de la confusión, llegaban noticias de un tiroteo en una isla, pero no se relacionaba con estos hechos. Hasta que las informaciones fueron ampliándose y con ella la cifra de muertos durante el campamento de verano de las juventudes del Partido Laborista en Utøye. Un hombre disfrazado de policía había disparado indiscriminadamente a los jóvenes allí reunidos. La Policía encontró la relación entre ambos hechos al verificar que el autor de los disparos, que ya se sabe fue el noruego Anders Behring Breivik, había sido visto horas antes en el lugar de la explosión.
A partir de aquí, la confusión y el goteo de informaciones fue constante. El país se situó en máxima alerta. Un país conocido como pacífico, mediador en conflictos de paz, se encontró de pronto con su mayor tragedia desde la segunda guerra mundial. El primer ministro se escondió en algún lugar secreto por motivos de seguridad, todo el centro de la capital fue acordonado y prohibido el paso, estaciones de trenes desalojados, militares en las calles, controles en aeropuertos.
La confirmación de un atentado terrorista no tardó en producirse, pero su autoría fue una duda largo tiempo. En principio se habló de grupos yihadistas islámicos pero este punto se desmintió y se fue a su opuesto. El autor resultó ser un ciudadano noruego, de 32 años, de orientación extrema derecha. Casi todo lo que sabe la Policía sobre él, antes de los interrogatorios de ayer, fue la información que él mismo publicó en varios medios sociales en los que participaba activamente. Se declara nacionalista y es de carácter fundamentalista cristiano. Manifiesta odiar la multiculturalidad propia de la Noruega del siglo XXI. La Policía baraja la posibilidad de que haya alguien más implicado, pero hasta el momento tan sólo Anders Breivik está detenido. 
La Policía verificó que tras colocar el coche bomba en el centro, se trasladó a la isla donde, disfrazado de Policía, daba tranquilidad a los jóvenes a los que disparó indiscriminadamente. Supervivientes han afirmado que las escenas fueron horribles. Gritos, sangre, cuerpos flotando en el agua, jóvenes tratando de huir a nado. Algunos afirman que se cercioró de disparar dos veces a cada persona para verificar que habían fallecido, aunque alguno logró salvarse al hacer cómo que estaban muertos.
Esta tragedia nacional ha trastocado la natural vida tranquila de los noruegos. Todo el país está de luto. Mantienen sus banderas a media asta y hay muchas visitas a iglesias, reuniones de personas para animarse mutuamente o debates en las redes sociales. Muchos no se pueden creer que esto haya pasado, esté pasando, en un país que sólo ha visto hechos así por televisión. Durante toda la jornada del viernes se pidió a la gente que no acudiera al centro de Oslo y se mantuviera en sus casas. Prácticamente un estado de sitio. La situación ha ido mejorando, y al sospecharse tan sólo de una persona, los niveles de alerta también han bajado, aunque se siguen buscando posibles nuevos artefactos explosivos. El detenido había comprado hace dos meses 6 toneladas de un fertilizante que se puede usar para fabricar explosivos, y expertos afirman que tan sólo hacen falta 500 kilos para fabricar una bomba como la del viernes.
Ahora es el momento de animar a las víctimas y a sus familiares. Ayer, el primer ministro y el rey noruego, dieron sendos discursos que llegaron al corazón de los noruegos. “La libertad es más fuerte que el miedo”, dijo el rey en su discurso.  Será difícil recuperarse de esta tragedia, pero Noruega es un país fuerte y así lo quieren demostrar al mundo.

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