lunes, 18 de marzo de 2013

Finde en Fjällbacka, tras las huellas de Camilla Läckberg


¡Por fin! ¡Qué ganas tenía de escribir un post como éste! Nada de crisis, ni paro, ni emigración, ni estadísticas. Tan sólo un mail sobre mí y mis viajes. Esta semana celebrábamos que hace diez años que conocí a mi mujer (fue una noche de Alfredo Landa en Benidorm, en la discoteca Penélope Beach, pero ésa es otra historia). Yo soy apasionado de los libros de Camilla Läckberg y  decidimos ir a Fjëllbacka, localidad natal de la escritora y lugar donde suceden todos sus crímenes literarios. Tiene otras curiosidades, como ser la ciudad donde vivió la famosa actriz sueca IngridBergman. Y otras ventajas, como estar tan sólo a poco más de dos horas de nuestra casa. Eso fue en teoría, porque las nieves tardías y los túneles noruegos son una mala combinación, lo que provocó un accidente en cadena en uno de los múltiples túneles y un atasco a la sazón que prolongó nuestro viaje hasta las cuatro horas y media.
Llegamos al destino el viernes por la noche. Nos alojamos en el complejo turístico Tanum Strand, resort veraniego conocido por la práctica del golf y el puerto deportivo, pero que en invierno también tiene su encanto. Amplio, limpio, bonito y con decoración marinera en todos los rincones. Esa noche tenían un bufé especial de mariscos, pero no me apetecía coger un empacho de gambas y mejillones que arruinaran el finde, y me decidí por el menú de tresplatos. Fabuloso. De entrada, carne de alce ahumada con crema queso de cabra. Como plato principal, rodaballo al horno con risotto de langosta. De postre, creme broulee. Todo acompañado con un rosado francés Cuvée Jean-Paul Rosé. Este blog no creo que lo lea ningún menor, así que se puede usar el adjetivo de orgásmico.
Tras la cena, llegó mi primera sorpresa. Aún no había notado que ya no estaba en Noruega, primero porque una enorme bandera azul, blanca y roja acompañaba a la sueca a la entrada y porque muchos de los residentes hablaban noruego. Pero me dí cuenta cuando nos tomamos una copa escuchando al músico de turno. ¡Una mesa de black-jack! A los noruegos les encantan las apuestas. Apuestan a los caballos, al fútbol, apuestan hasta a su suegra, pero los casinos y el póquer están prohibidos. Eso hace que en cualquier lugar en que haya noruegos alojados, una mesa de black-jack siempre es popular. Yo habré jugado en casinos de verdad 7-8 veces, unas cuantas más en el iPhone, y la satisfacción nunca ha residido en cuánto dinero he ganado, sino en cuánto tiempo he aguantado en la mesa con el presupuesto destinado a perder. Esta vez no me fue mal. Me soplaron 400 coronas suecas en el tiempo que me dio a beberme dos vodka con limón. Toda una proeza.
A la mañana siguiente habíamos encargado una sesión de masaje en el spa. Es algo que hacemos una o dos veces al año, y si es un lujo así, yo no voy para que me hagan daño, voy para relajarme, que me manoseen y disfrutar. Pero me tocó una señora de la vieja escuela. Me puso panza abajo, empezó a apretarme la espalda con todas sus fuerzas y a hacerme preguntas que me hicieron temblar. “¿Has tenido algún accidente? ¿No te duele cuando levantas los brazos?” Y no me tranquilizó nada cuando dijo satisfecha: “Aquí tienes tu problema”. Señora, yo entré en esa sala sin ningún problema y usted me lo ha encontrado. Y para más inri, el domingo por la mañana me dio un pinchazo en la espalda que junto a las horas del coche me ha dejado ringlado y encogido desde entonces.
De ahí pusimos rumbo a Fjällbacka, a tan sólo 10 kilómetros de distancia. Antes del paseo, quería comprar una botella de vino para brindar con mi mujer en la habitación y para eso había que ir al monopolio del vino. En Noruega y en Suecia, la venta de vino y licores es un monopolio del estado. En Noruega se llama Vinmonopol y en Suecia Systembolaget. Yo había visto que el pueblo tenía un Systembolaget y allí fuimos. De nuevo, otra sorpresa. No tenía un sistembolaget propiamente dicho, sino una sucursal dentro de la oficina de correos. Esto es, que tú encargas el vino o el ron, y te lo traen a los dos o tres días. Esto sí que es tener los pedos bien organizados. Nos tuvimos que conformar con unas cervezas locales, Fjällbackaöl. Camino del centro, la sensación de estar en el mejor decorado de una película de serie negra aumentaba. Ni un alma por las calles, excepto algún oriundo del lugar que no ocultaba con su mirada su desconfianza a los extraños con la cámara colgada.
Antes de venir, me había comprado las películas que la televisión pública sueca había hecho sobre los cuatro primeros libros de la serie de Camilla Läckberg. Ahí vimos la casa donde vivía Erica Falck, la protagonista de la serie, y ése era nuestro primer destino. Habíamos tomado el nombre de la calle viendo una de las pelis y no nos costó encontrarla. Una vista preciosa sobre el puerto pesquero. Bajamos las callejuelas repletas de casas de colores, a las que buena falta les hace una mano de pintura. Mirando el nombre de las calles, parece que Camilla Läckberg llegó un poco tarde, porque la actriz Ingrid Bergman ya había ocupado el callejero. Calle Bergman, plaza Ingrid B.... y en el centro (por llamarlo de alguna manera) una pequeña escultura del ídolo de Hollywood rodeado de lo que se presume ser un centro floral en el medio del verano.
Tras tomar unas fotos de las barcas pesqueras encalladas en el agua aún helada, balanceándose por el viento y rompiendo poco a poco el hielo mostrando sus ganas de salir al mar a cazar caballa, pusimos marcha hacia la espalda del pueblo, la montaña. Fjällbacka significa exactamente eso, la espalda de la montaña y es porque justo, a poco más de 50 metros del puerto, se eleva una enorme pared de piedra. Una pared de piedra rota por sus entrañas y que ha provocado un cañón, un pasadizo natural, de nuevo escenario ideal para otro de los asesinatos de Camilla Läckberg, creo que en el segundo libro.
En esta zona de Suecia casi toda la nieve había desaparecido, pero no así el hielo de las escaleras de piedra, lo que convertían la ascensión en una actividad de no poco riesgo. Una catarata de hielo vomitada por la montaña amenaza al visitante a su paso. Intenté hacerme una foto debajo, pero un buen resbalón a tiempo me recordó que no era una buena idea. No nos atrevimos a subir hasta la cima, a 76 metros sobre el nivel del cercano mar, así que queda pendiente para la próxima visita veraniega. Aun así, salimos de la montaña con hambre, pero este pueblo fantasma no tiene ni un local abierto hasta la Semana Santa, así que tuvimos que poner rumbo a Grebbestad, otro pueblo pesquero cercano. Allí entramos en un bar que también podría ser escenario de película, de un largo costumbrista. Los viejos de sombrero vaquero y olor a cazalla, bebían junto a los adolescentes que jugaban al billar en camiseta de tirantes, mientras el aire soplaba todavía a cero grados tras los cristales.
La vuelta al hotel fue tan sólo para descansar y esperar a la hora de la cena. Sólo habíamos venido a relajarnos y no teníamos ganas de conducir para buscar algún local de moda, si es que existía alguno más cercano que Goteborg, así que nos quedamos en el hotel, a sabiendas de que lo que nos esperaba era la provocación de otro crimen de Läckberg. Tras la cena, el grupo Flamingo iba a “deleitarnos” con su música. El lema de su autobús lo dice todo: “50 años en la carretera”. La media de edad de la banda superaba ampliamente la edad de jubilación de cualquiera de los países de la Unión Europea, incluso después de que se amplíe. Este despliegue de arte local, me permitió ver el show que en alguna ocasión había visto por televisión, pero nunca había experimentado en tiempo real. El swing. Este baile es a Escandinavia lo que el paso doble a la plaza del pueblo castellano. Pero eso sí, con mucho más movimiento de caderas. Pero mejor que imaginarlo es verlo, y aquí os pongo un video donde los grandes Flamingo actuaron en la televisión sueca, con casualmente la misma ropa que usaron en la gala del Tanum Strand. Aguanté poco, y después de fundirme otro par de cientos de coronas al black-jack, puse rumbo a la habitación del hotel.
A la mañana siguiente, ya de vuelta a casa, tuvimos que hacer la parada obligada para todo buen noruego. Svinesund. Aquí hay un conjunto de centros comerciales tipo Wallmark donde encuentras cerveza, tabaco, carne y golosinas a la mitad de precio de cualquier tienda noruega. Llenamos el equipaje, vaciamos la cartera y pusimos rumbo al hogar, donde estaban nuestros dos peques con ganas de comernos a abrazos. Un finde de lujo, y un gusto volver a casa.


4 comentarios:

  1. Estupendo post, David. A mi mujer también le gustan las novelas de Camilla; se las ha leído todas. Yo sólo me he leído las tres primeras, pero la última ya me dije que no seguía más. Creo que me empaché.

    Ahora la pregunta del millón: ¿Y qué tal las suecas? ;)

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    1. Jeje, la verdad es que Fjallbacka estaba muerto y poco de merecer vi,pero estando casado con una noruega la verdad es que ya no me impresiono tanto :)

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  2. Hola David, en hora buena q se te ocurrió este blog!Me llegó está foto, y Noruega me atrae tanto, que estoy pensando irme a vivir allí, tal vez pq nací en la Patagonia, no se me haga difícil el medio.Podrías ayudarme con información, cómo tendría q hacer para lograr este sueño?.Muchísimas gracias y feliz aniversario de matrimonio!.Ándrea (Me pide seleccionar un perfil, para enviártelo, coloco esta vez cualquiera, ok?)Ah!de qué nacionalidad sos?

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  3. Soy admirador de las historias de Camilla, me he enamorado de Fjällbacka y el blog es bueno. Me encantaría poder visitaros, no me quiero morir sin conoceros. Un abrazo

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