El "simpa". Esa grandiosa institución de la cultura española. Ese orgullo patrio que, junto a la manada de políticos y banqueros que llevan controlando el país, han llevado a España a la ruina. En caso de que haya algún lector ahí al otro lado que no sepa lo que es un "simpa", es una simpática abreviatura de "sin pagar". El uso normal es el caso en que los colegas han pedido su ronda, y aprovechando el tumulto del local donde todos beben por encima de sus posibilidades, se marchan al siguiente bar sin pagar. Éste es un "simpa" socialmente aceptado, pero no es el único. Está el "sin pagar" el IVA, el "sin pagar" las extras, el "sin pagar" los sueldos...
Yo no me atrevería a decir que era un rey en el arte del "simpa", pero puedo poner en mi currículum un par de casos. Todos de esos que te hacen llenar de orgullo y satisfacción.
Pero hoy he notado que mi sangre hispana, ese pícaro que todos llevamos dentro, se está haciendo mayor y, aunque suene mal, responsable. Hoy tuve que hacer una visita al médico de cabecera, con análisis de sangre incluido. Aquí en Noruega existe ese tan mal afamado copago, que quiere decir que tienes que pagar parte de la visita al médico y el análisis. En total, una factura de 244 coronas-33 euros. Tanto la recepción, como la consulta del médico, como la sala de análisis, tienen un terminal de tarjeta de crédito para recordarte que hay que pasar por caja. Lo normal es que, al llegar, te toman tu número personal y, antes casi de decir "buenos días", ya te están pidiendo la tarjeta para ir aligerando. En esta ocasión no pasó así. Me presenté en recepción. "Espere en la salita". Pasé a la consulta. "Vaya usted a hacerse un análisis". Me hice el análisis. "Aquí no hay ninguna infección. Buenos días". Y ahí estaba yo, con los pantalones bajados y con una conciencia que empezaba a recorrerme las piernas al tiempo que me subía los pantalones. "Nadie me ha pedido dinero", pensé yo, entre alegre y preocupado. Poco a poco, fui recorriendo el pasillo que pasa frente a la recepción. Noté como miles de ojos me miraban. Pensé en coger mi teléfono y aparentar que hablaba para hacerme el despitado y marcharme. Cuando estaba ya decidido, paré, fui a recepción... y pedí mi factura. No, no me sentí bien conmigo mismo. Les costó encontrar la cantidad que debía abonar, como si nadie se hubiera enterado en caso de haberme marchado de rositas. Pero no, al final encontraron la nota y mi cuenta bajó 244 coronas de peso. Pocas cervezas en noruega, pero unas cuantas en la zona de La Antigua.
Me fui hacia el coche cabizbajo y compungido sabiendo que, aunque mi pasaporte aún diga que soy miembro del reino de España, mis comportamientos son cada vez más vikingos. En lugar de sentirme bien, me sentí como un idiota. Bueno, esto significaba que algo de español todavía tengo. Seguí pensando en el tema, tratando de sacar algo positivo. Y llegó. Pensé que, si Noruega funciona bien, pueda ser porque, en general, todo el mundo paga sus facturas. No siempre, eso sí. Trabajo en negro hay en todas partes. Y además tampoco voy a gastar tiempo en contar la historia de la cajera que se olvidó de marcar los quince sacos de leña que me llevaba y sólo marcó uno. La diferencia tan sólo era de un 0 más a la derecha, así que me hice el "longuis".
Y volviendo al caso de la factura pagada en el médico, me puse a pensar en Gandhi, y en sus palabras de "sé tú el cambio que quieres ver en el mundo". A mí me gustaría que del mundo desaparecieran todos los Bárcenas y Urdangarines, así que tampoco está mal que yo pague mis facturas. Hoy dormiré a gusto. Y mi médico también.