lar. He tenido dos días de auténtico "norwegian enterteiment", y la verdad, a un chico de ciudad como yo, que siempre había visto el campo en las películas y los animales en una jaula, he de decir que me ha gustado bastante. Mi podcast: ¿Y por qué no aquí?
domingo, 17 de agosto de 2008
Fin de semana 100% norsk (noruego)
lar. He tenido dos días de auténtico "norwegian enterteiment", y la verdad, a un chico de ciudad como yo, que siempre había visto el campo en las películas y los animales en una jaula, he de decir que me ha gustado bastante. viernes, 15 de agosto de 2008
Ungdommelig, morsom og lett å like

de 12 a 14 años. Al cabo de pocas semanas me sustituyeron por una profesora noruega que, además de español, podía dar inglés y cocina. Los alumnos hicieron una recogida de firmas pidiendo que siguiera. Por supuesto que no funcionó, pero a mí me valió de mucho. Me hinchó el orgullo y tengo el papel con todos los borratajos guardados. Los trabajos dan dinero, prestigio y reconocimiento social, pero a veces olvidamos que lo más importante es sentir el aprecio de los que tenemos más cerca, y estos pequeños detalles de estos mocosos adolescentes superhormonados suben la moral. Espera a que pasen un par de meses de comienzo de curso y estos mismos me la vuelvan a bajar hasta los pies. La moral es como el IPC, sube y baja, pero yo también soy como el IPC, a veces bajo, pero en general, la gráfica va siempre para arriba.domingo, 10 de agosto de 2008
"Típica" familia noruega
ellos. Como dos jóvenes de 18 años juntos son una bomba de relojería, ahora además es la novia de mi sobrino de 18 años, con el que convive. También hay otro chico de acogida que tiene parálisis cerebral. Tiene 15 años pero 4 mentales. El pobre chaval va de familia en familia. Además, mi sobrino de 28 también se había llevado el trabajo a casa, y había otro chico también con algún tipo de deficiciencia. Debía tener unos 18 años, también con el cerebro de un bebé pero con un cuerpo por encima de los cien kilos. Riendo y dando vueltas todo el rato. Hablando con todos, mi suegro, que lo religioso se lo toma bastante en serio e iba predicando su segundo viaje a Tierra Santa en fechas cercanas. Yo estaba en mi esquinita junto a los otros 20 invitados sin saber qué hacer. No me gusta considerarme "normal". ¿Qué es normal? Llevo tan sólo dos semanas casado y tengo un hijo con mi mujer y me parece que ya estoy totalmente "out". Aquí, si no te casas tres veces y tienes dos medios hijos y tres medio hermanos, no entras en las estadísticas. Si es que mis padres son unos aburridos. Mira que casarse, tener tres hijos y estar juntos toda la vida. ¿A quién se le ocurre, verdad? A pesar de todo, amo a mis familias, la española y la noruega, sobre todo, porque tienen la paciencia que quererme y aguantarme a mí, que eso ya es un trago. jueves, 7 de agosto de 2008
Las vacaciones de un profesor

jueves, 10 de julio de 2008
Geiranger, 3 días en el paraíso. Día 4
Geiranger, 3 días en el paraíso. Día 3
Una vez cruzado el fiordo, se llega en seguida a la carretera E16, y giraremos a la izquierda en sentido Oslo. Unos kilómetros después habrá dos opciones. Seguir por la E16 o tomar la carretera numero 7 en sentido Hønefoss. Esta es la que tomamos nosotros por distintos motivos. A pesar de ser algo peor la carretera (la E16 a pesar de ser nacional tampoco es una maravilla), tiene menos kilómetros, y a pesar de tener que subir otra vez a los montes, se cruza por Hemsedal, el centro de esquí más importante de Noruega, con unos llanos en la cima del monte de impresión.
Llegamos a Hemsedal pueblo, tras un intento frustrado de buscar un restaurante abierto en la zona de esquí alpino, que lógicamente en julio parece una ciudad fantasma. No así lo que es el pueblo, pues esta es una fantástica zona de pesca, treking y paseos en bici, y hay un turismo veraniego bastante familiar. Llegamos a punto de que cerraran el último restaurante. Bueno, pizzería, no hay mucho restaurante por este país. Y celebré mi particular cumpleaños a base de pizza y la tarta fue el helado de browny acompañado de vengalitas. Muy mono.
Y ya es hora de dormir. Estamos agotados. En esta carretera hay bastantes campings en los que encontrar una cabaña para dormir, pero nosotros queríamos aprovechar la aventura al máximo y el Focus al limite. Y fuimos otra vez afortunados. Tras varios intentos frustrados, llegamos a un claro del bosque, junto al río, de nuevo con vistas a una cascada y con los restos de una hoguera que nos confirmaba que no eramos los únicos locos que habíamos acampado allí. Por cierto, si no estoy mal informado, en Noruega está permitido acampar en prácticamente todas partes. La única pega del lugar fue la increíble cantidad de mosquitos. Nos pusimos ropas que cubrían todo el cuerpo excepto los ojos, pero aún así pudieron atravesar los calcetines y picarnos unas cuantas veces. Echamos una partidita de chinchón en la mesa de camping, un par de tragos de vino del brik de 3 litros y a dormir. Hoy si pude dormir en el Focus.
miércoles, 9 de julio de 2008
Geiranger, 3 días en el paraíso. Día 2

Son las tres de la tarde. Ni una tienda, bar o restaurante a dos mil metros de altura, y.... Otra vez un sitio idílico para almorzar. Al llegar a la cima del siguiente monte. ¡Geiranger a la vista! Allá al fondo, aún muy lejos, pero una foto fantástica. Además, tuvimos suerte, porque estaba atracado un crucero que venia de Italia que hacía un marco inmejorable. Al echar esta foto entendí algunas cosas. Cuando había vistos fotos de Geiranger, siempre había pensado que la gente había andado durante horas por la montaña para llegar a un buen sitio desde el que sacar la foto desde lo alto, pero no es así. Los noruegos son muy listos, y a pesar de ser carreteras muy malas, llegan a todas partes. Todas las fotos de los catálogos están tiradas desde sitios a los que se llega en coche. Así que no se preocupen los vagos. Si no se quiere, no hace falta andar y no meter en la maleta las botas de treking. (Ojo, esto no cuenta en el glaciar Briksdalen, allí más vale calzarse bien). Y repetimos la experiencia: Rebanada de pan, levepostei y a disfrutar de las vistas.
Después de dormir la siesta tumbados al sol (aquí me saqué yo el colorcito tan majo que se me ha "quedao"), empezamos la bajada a Geiranger. A medio camino, hay un mirador en el que resulta bastante complicado aparcar, y hay que tener cuidado. Y si hace un día tan bueno como el nuestro te puedes pegar una ducha en un cascada que te dejará refresco.
Y fotos, y más fotos. Cuando todas son tan bonitas, ¿cómo elegir? Siempre serán más bonitas cuando no aparezca yo en ella. Las vistas desde el mirador son las mejores de Geiranger.
Una vez en Geiranger, es impepinable no hacer un paseo en barco. El paseo dura hora y media y cuesta 130kr por persona. Ojo, porque el último servicio es las 17.00h. Noruega cierra pronto. Aunque a mí me impresionó más la vista del Trollstigen, el tour por el fiordo no decepciona en absoluto. Montes y muros, cascadas y caídas de agua... y lo que resulta más increíble. Alguna granja en pleno monte. La megafonía cuenta una divertida historia, de una granja en la que antiguamente tenían que atar a los niños para que no calleran al vacío y que recibieron la visita de toda la familia real hace unos años. La mejor anécdota, la del cobrador de impuestos que pretendió acceder a la vivienda, pero le cortaron la soga que servía de único acceso. Las mejores cascadas: Las siete hermanas (siete pequeñas cataratas) y la botella (con una imagen idéntica al vodka Absolut).
Y dejamos Geiranger. Con algo de nostalgia. Llevo hablando y oyendo sobre Geiranger los 3 años que llevo en Noruega, y una vez que se llega a un sitio del que se ha oído tanto, resulta difícil abandonarlo. Pero visto está, así que siguiente etapa. Pues la belleza continúa. En tan sólo 20 minutos, desde Geiranger, que está a nivel del mar, subimos a 2000 metros de altura. Con nieve hasta las orejas y, la verdad, frío. A pesar de ello, no hizo falta ponerse el jersey, y la foto en camiseta mola.
Pero más... y más... y más... Otros 500 metros, y lo más alucinante. Un enorme lago helado en pleno julio. Una maravilla de la Naturaleza. La Unesco declaró el fiordo de Geiranger patrimonio de la Humanidad, pero se debieron despistar y no vieron este lago.
Seguimos por la carretera 63, y al llegar al cruce con la carretera 15, giramos a la derecha en sentido Stryn / Maloy. Al llegar a Stryn, hay que tomar la carretera 60 en sentido Loen / Forde. Nuestro destino es Olden, sede de una de las fábricas de agua mineral más importante de Noruega. Aquí tomaremos fuerza para subir al glaciar el próximo día. En Olden hay que tomar una carretera que lleva a Briksdalsbreen.
Se puede dormir en una cabaña en los múltiples campings del camino, pero yo recomiendo en el que estuvimos nosotros, que es el más cercano al glaciar y permite tener el coche aparcado ahí mientras subes al glaciar. Sino, tienes que pagar aparcamiento. El camping se llama Melkevoll Bretun.
sábado, 5 de julio de 2008
Geiranger, 3 días en el paraíso. Día 1
En este mapa, el cual sería nuestro único GPS a lo largo del trayecto, se observa, más o menos, resaltado en rosa el recorrido que realizamos. Todo el centro de Noruega en coche, con visita a Vestlandet (oeste del país).Salimos de Solbergelva, a las 3 de la tarde. Pasamos por Drammen y tomamos la carretera E16, en sentido Oslo. Se atraviesa Oslo y se toma la carretera E6, sentido aeropuerto Gardemoen (dibujito del avión) y Lillehamer.
El viaje planeado para hoy es de 495 kilómetros, y teniendo en cuenta que la media en las carreteras noruegas es de 70 km/h, hace un total de 7 horas, más la pausa para comer, cerca de 8 horas, que es lo que nosotros tardamos. En noruega es fundamental respetar los llamados Fotobox (caja fotográfica), lo que son radares fijos, de los cuales ya he hablado en otro de mis posts. Allí ya incluía una foto de estos aparatos, lo cual es de mucha ayuda. También es de agradecer, que aproximadamente un kilómetro antes de cada "ojo", hay una señal con una cámara fotográfica que advierte de la amenaza. Si te pasas unos 10km/h, la gracia cuesta entre 3.000 y 4.000 kr (1€=8kr, 1kr=20pts), y el viaje ya se pondría por un pico nada más empezar.
La primera localidad de paso importante es Hamar, destacada por su pabellón deportivo conocido como "El barco vikingo". Es fácil entender el por qué cuando se ve desde la distancia, pues representa tal cual un bote vikingo boca abajo. Llegamos a Lillehamer, sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 1994, los cuales los españoles recordamos bastante porque estábamos con la resaca de nuestra Barcelona 02. Lillehamer tenía prevista una visita, pero entre que era un poco tarde, y que un villa olímpica de invierno, en pleno julio, pierde bastante, la pasamos de largo. Tan sólo merece la pena ver los saltos de esquí desde la distancia. http://www.lillehamer.com/
Al pasar Lillehamer empieza el despiporre de paisajes. Tiramos cerca de 30 fotos desde el coche. Más tarde tocaría borrar muchas, ya que las vistas mejoran a cada nueva curva. Paramos a almorzar a una media hora de Lillehamer, y, dios qué maravilla. Sacamos nuestra nevera, y las tostadas de pan con levepostei (paté), makrell con tomate (caballa) y huevos cocidos, saben mucho mejor cuando tienes delante montañas repletas de árboles, de esos que adornaron España allá por los reyes católicos. Seguimos el viaje al atardecer (en verano no anoche en Noruega, sólo "atardece"), y disfrutamos de una puesta de sol sobre una montaña nevada preciosa. Estas primeras nieves tendrían su foto, pero no serían nada comparable a lo que nos esperaba más arriba.Se sigue por la E6, en dirección a Trondheim. Al llegar a Dombås (que se pronuncia Dumbos, lo cual tuvo su consabido chiste estúpido), se abandona la E6 y se toma E136 en sentido Ålesund). Antes de llegar a Åndalsnes hay que tener cuidado, se debe girar a la izquierda por la carretera 63, donde hay un cartel que indica Trollstigen y Geiranger, pero hay que pasar por un pequeño puente por el que malcabe un coche. Parece imposible que sea un paso turístico, pero sí, lo es.
Seguimos avanzando. Ya son las doce de la "noche" y hay que buscar un sitio para dormir. Avanzamos hasta el último camping antes de llegar a Trollstigen http://www.trollstigen.no/ . Pero nosotros nos habíamos propuesto hacer una aventura de verdad y dormir en el coche. Llegó la primera sorpresa. Otra cosa a tener en cuenta. Cuando en Noruega veas una señal que ponga "peligro vacas", o "peligro alces", o "peligro cabras y ovejas", créetela, será verdad. Durante todo el camino se nos cruzaron multitud de animales, domésticos y no tan domésticos. Pero nuestras mejores amigas serían las vacas. Aparcamos en un sitio por el que nuestro cochecito le costó un montón e hizo salir humo del motor. Primero resultaba bucólico, escuchar los cencerros en lontananza, pero cuando estábamos dispuestos a sacar nuestra mesita de camping, empezaron a acercarse vacas. Y más vacas. Y más vacas. ¡Hasta once! Pero mejor que explicarlo, es ver el vídeo que grabamos.
Y claro, tuvimos que abandonar el lugar. Dimos marcha atrás hasta pasar la frontera de los animales. Esto es, rejas en el suelo que impiden que atraviesen. Ya es zona segura. Y realmente acertamos. Encontramos otro lugar inmejorable. Un llano para poner las sillas y mesa, un riachuelo de agua turquesa donde lavarnos, y una montaña con cascada donde relajar nuestros ojos. Fabuloso. Aquí hicimos nuestra particular cena. Comida nacional noruega: el pølse, lo que viene a ser el perrito caliente de toda la vida. Se calienta en el "engansgrill", barbacoa de usar y tirar, muy práctica e increíble que no se comercialice en España. Bueno, quizás no tan increíble si atendemos a nuestra tasa de incendios. Acompañamos tan "exquisito" manjar con un buen vino. Bueno vino por la hora y el lugar que era. En noruega es normal comprar cajas de tres litros de vino. Vienen con un surtidor y al principio yo era muy crítico con ello, defensor de la pureza del vidrio y el corcho, pero una vez en ruta, se valora lo práctico. Y es práctico tener siempre un par de copitas de vino con la cena.
Y de aquí, al coche. Buen consejo, no intenteis dormir en el maletero de un coche, por muy Stasion Vagon que sea.
jueves, 5 de junio de 2008
Adolescentes borrachos, copenhague desde el hotel
Tras descubrir multitud de frascos vacíos de botellas espirituosas (lo que muestra que fueron prácticamente todos los que se agarraron el pedo), pudimos ponernos en marcha a Rundetårn, la Torre Redonda. El acceso a la torre es lo más atractivo. La mitad una espiral interminable. Y la otra mitad escalones, aún más interminables. Una vez arriba, lo de siempre. Vistas. Esto nunca lo he llegado a entender. ¿Por qué el ser humano está tan obsesionado por verlo todo desde arriba? ¿Tales son los complejos que tenemos? Copenhague desde las alturas no tiene nada especial. Una ciudad preciosa, pero unos tejados sosos. Tampoco pasa nada. No dejan de ser tejados al fin y al cabo.
El día continuó en el parque de atracciones. Tivoli. Yo no lo pude disfrutar mucho, porque a las dos horas, antes de abrir las principales atracciones, me tocó volver al hotel a vigilar que los niñatos aún sobrevivían. Aquí un desahogo. Yo no soy profesor, pero no me desagrada. Lo que no soporto es ser niñera, así que imaginen cómo me sentí. Por lo demás, Tivoli es bonito, pero no es el mejor parque de atracciones del mundo, ni mucho menos. Aunque sí es el más antiguo del mundo, y eso le honra. Tiene de bueno que está en pleno centro de Copenhague, y es un buen plan para pasar el domingo con la familia, pero si lo que se buscan son muchas emociones fuertes, no es el mejor sitio. Es un parque pequeño, y lo que más tiene son tiendas. Atracciones poquitas. A mí me dio tiempo a disfrutar de la montaña rusa, de los pinipons, y del columpio volador o como se llame. Te sientas en un columpio y empiezas a dar vueltas y vueltas y a subir y a subir. Este estuvo bien.
Para relajarme de tanto niñato, me dí un paseo yo sólo por el centro, que es una de las cosas que más me gusta. Sentarme en una terraza y disfrutar de una buena cerveza y mirar a la gente. No sé si me dio un ataque patrio, pero me pedí una San Miguel. Merece la pena la plaza Højbro, en la zona peatonal de Strøget. Aquí se juntan turistas, con un enano que cantaba a gritos y se pensaba que lo hacía bien, un grupe de "jarecrisnas", que no pensarían que cantaban bien, pero no paraban con las campanitas, un ajedrecista que retaba a cualquiera que no le temiera, y bellezas danesas que se pasean con sus bolsitas de Zara colgada de la muñeca. Sí, de Zara. Por supuesto.
Para la hora de la cena otra buena recomendación. Rizraz. Tienen dos restaurantes en el centro de Copenhague, y por tan sólo 79 DKK, te ofrecen un buffet muy variado y de gran calidad, con comida mediterránea y sin un gramo de carne. No se lo pierda. Coma bien, sano y barato. Christiania, free country
La siguiente visita era voluntaria, y como todo lo voluntario...sólo profesores y dos alumnos. Y menos mal. Nyhavn. Una maravilla. No se lo pierda. Antiguo puerto pesquero reconvertido en zona turística con cafés y paseos en barco. La arquitectura aquí merece mucho la pena. Las casas son de colores vivos porque se pintaron con los restos de pintura de los barcos pesqueros. Un apaño convertido en arte. Muy recomendable sentarse en una de las terrazas y disfrutar del pescado si hay hambre o de un helado si se va por el postre.
Paseo en barco por los canales: Otra visita muy recomendada. Por 60 DKK se da un paseo por los canales de Copenhague, pasando por la Nueva Opera, la popular Sirenita y el resto de canales a cuyos lados se esparce una fabulosa arquitectura escandinava. Sobre la Sirenita, ocurre como todos esos pequeños detalles que hacen famosas a las ciudades. ¿Habéis visto la rana de la Universidad de Salamanca? ¿El niño enfadado de Oslo? No será tan bonito, pero se siente algo especial al estar delante de ello. A mí me pasó con la Sirenita, aunque la viera desde el agua. En estos paseos en barco de tan sólo una hora, te presentan lo fundamental de la ciudad, y luego ya tienes todo el día para tumbarte "panzarriba" en sus parques, como el Jardin Rosenborg, que sólo lo vi de paso, pero estaba llenito de gente. Los escandinavos enseguida se desnudan en los parque a broncearse en cuanto el sol asoma un poquito.
Ya por la tarde noche, una de las visitas más esperadas. Christiania. Este es un barrio con ley aparte. Era un antiguo cuartel que en los setenta fue okupado, con K, por un grupo de hippies que abogaban por la legalización de la marihuana. Y ahí siguen los mismos hippies. Un paseo por sus poco más de dos calles da impresión, incluso a quien ha pasado horas en el Cantarranas de Valladolid o la Malasaña de los 80 en Madrid. Nada más entrar a este pequeño gueto, un cartel enorme anuncia que los fotógrafos no son bienvenidos. No quieren ser bichos de zoo, y no quieren que los turistas vayan a hacer fotos de cómo se hacen porros. Comprensible. En este barrio se juntan jóvenes adolescentes porreros con viejos hippies pasados de rosca, al tiempo que niños jugando en los parques. Y marihuna. Mucha marihuna. En mi vida había visto pedruscos de hachís de tal calibre. Un hombre ofrecía a voz en grito dos piedras como puños. No pregunten por el precio o la calidad. Lo ignoro por completo. Pero a pesar de todo, nos contaron que esa es una de las zonas más seguras de todo Copenhague. ¿Por qué? Porque está rodeada de policías, claro. En Dinamarca la marihuana también es ilegal, pero hay una especie de ley no escrita que no entra en Christiania. Pero cuidado de salir de la zona delimitada con algo indebido. El registro es bastante probable. Y al salir, lo más gracioso. Un arco te despide con el lema "Usted está entrando en la Unión Europea".
Pero lo mejor de Christiania, el restaurante que se encuentra en su corazón. Spiseloppen. Una entrada digna de películas de terror. Con las paredes abarrotada no de graffitis, sino de pintadas. Uno se pregunta, ¿voy al sitio adecuado? Una vez entras, no se diferencia tanto de un restaurante corriente. Antes disponía de mesas alargadas para compartir cena con desconocidos, pero ahora también eso se ha abandonado y tú te sientas en tu mesa y pides tu menú. ¡Y qué menú! Spiseloppen es una cooperativa formada por ocho cocineros de ocho países diferentes, y cada día su menú es diferente, por eso te lo ofrecen en una fotocopia hecha a mano. A nosotros nos tocó chef francés, y los franceses tendrán sus cosas, pero los chefs son chefs. Yo pedí una perdiz, con ensalada de espinacas y queso feta, acompañado de mus de patata y ensalada tropical. Por unos 20 euros, una delicia para el paladar. Un sitio muy, muy recomendable.